
«¿Y si llueve?». Así empieza casi cualquier conversación sobre una sesión de verano en Pattaya. Detrás de la pregunta hay una imagen ya hecha: cielo gris, horizonte borroso, el paseo cancelado, el dinero tirado. Pues bien, ese miedo casi siempre es infundado. Para la fotografía, la temporada de lluvias es aquí una de las épocas más agradecidas del año, y lo que pierde frente a un día de sol no es, ni de lejos, lo que suele temer la gente.
Qué tiempo hace de verdad
La temporada de lluvias en Pattaya no es una cortina de agua del amanecer al ocaso. El monzón del suroeste dura más o menos de mayo a octubre, y los meses lluviosos de verdad son septiembre y octubre. Pero incluso entonces la lluvia llega en chubascos cortos y fuertes, y por lo general de noche: hacia el amanecer y justo después de la puesta de sol, cuando el aire que se enfría sobre el golfo aún caliente suelta la humedad. Las horas de luz son casi siempre tuyas, y la mañana que sigue a una noche de lluvia deja el aire lavado, la bruma asentada y los fondos lejanos nítidos y limpios.
La llovizna gris e interminable a la que está acostumbrado quien viene de latitudes más frías aquí sencillamente no existe: es el tiempo de la zona templada continental, no el del trópico. Dos horas seguidas de aguacero en Pattaya ya son noticia: parte de la ciudad se inunda, y por algunas calles la gente se mueve literalmente en barca. El chubasco normal, en cambio, pasa en diez o quince minutos; después el asfalto humea y el cielo se despeja.
Hay un detalle importante que el turista desconoce y que el fotógrafo que vive aquí aprovecha a diario: las lluvias son muy locales. En una punta de la ciudad diluvia y en la otra no cae ni una gota. Las aplicaciones del tiempo dan un pronóstico promediado para toda la ciudad, y en la pantalla aparece como «lluvia todo el día» cuando en realidad chispea un cuarto de hora en algún sitio. Por eso la sesión no se planea para «un día entero sin lluvia», sino en torno a los claros, y en un día normal de verano los hay de sobra.
Cielo nublado: luz no falta si sabes usarla
Un cielo cubierto es un esquema de iluminación de estudio ya montado al aire libre. Las nubes tamizan el sol como un difusor enorme: desaparecen las sombras duras bajo los pómulos, en las cuencas de los ojos y bajo la barbilla, las mismas que a mediodía estropean cualquier cara. La piel sale suave, las pequeñas imperfecciones se disimulan solas, hace falta menos retoque y el tono queda uniforme en toda la imagen. Y, cosa que importa especialmente en temporada de lluvias, con el cielo cubierto no dependes de la hora dorada: puedes hacer la sesión incluso a mediodía.
La luz uniforme tiene su contrapartida: el cielo plano y blanquecino queda vacío de por sí, y una foto sin un acento cálido sale apagada. Lo arregla el flash, pero no todos lo dominan, ni mucho menos. La mayor parte del mercado local trabaja solo con luz natural, y con un cielo plano se nota enseguida: pocos manejan el flash con soltura. Un buen fotógrafo lo lleva casi siempre, pero casi nunca como luz principal: de día rellena las sombras, de noche modela el volumen y, sobre todo, lo usa como herramienta para separar el color. Con un filtro de conversión cálido (un gel), bajo el cielo blanquecino el flash devuelve a la cara ese «bronceado» de sol que ese día el cielo no da. Así las nubes dejan de ser un estorbo y pasan a ser una base uniforme sobre la que poner la luz que haga falta.
Lo que la lluvia sabe hacer y el sol no
La ciudad mojada tiene otra paleta. Lo principal es que el agua convierte las superficies en espejos, y no solo en los charcos: de noche, hasta el asfalto mojado sin un solo charco brilla con el neón reflejado. La física es sencilla. Una fina película de agua alisa la superficie y le apaga el brillo blanquecino que, en seco, diluye el color; actúa más o menos como un filtro polarizador, pero por otra vía: vuelve al ojo menos luz dispersa y el color propio del material se ve más profundo. Por eso el asfalto, las hojas y la piedra ganan densidad de tono después de la lluvia, y unas baldosas mojadas con un letrero reflejado en ellas dan una foto que en una calle seca no se consigue por más que se intente, sobre todo de noche, entre neones.
Después del chubasco el aire queda lavado, la bruma se asienta y los fondos lejanos salen nítidos y limpios. El flash a contraluz da un efecto aparte: las gotas iluminadas por detrás destellan en la foto como diamantes esparcidos por el aire. A algunos fotógrafos les gusta tanto que de vez en cuando lo recrean incluso sin lluvia, echando agua desde arriba sobre una pareja que posa bajo un paraguas; con lluvia de verdad esas mismas chispas salen gratis, y un paraguas transparente sirve además de accesorio que la luz atraviesa de una forma muy bonita.
A una sesión al atardecer con lluvia se le tiene el doble de miedo: parece que la lluvia no solo te va a empapar, sino que además va a estropear el cielo por el que se había montado todo. Ocurre justo lo contrario. Con lluvia, las nubes del atardecer dan un cielo con relieve y lleno de matices, con brechas de luz entre las franjas de nubarrones, más vivo que el naranja liso y uniforme de una tarde despejada. Y de paso llega un extra poco habitual por aquí: olas de hasta 1 metro. El mar de Pattaya es el golfo de Tailandia, resguardado y normalmente liso, así que aquí casi no hay olas, y una ola grande en plena tormenta se convierte en una foto que en una tarde tranquila no se consigue.
Una atmósfera que el sol no da
Una llovizna ligera da a la foto una atmósfera que en un día despejado no se puede fingir. La lluvia trae una melancolía leve, un aire pensativo y ensimismado, y los charcos convertidos en espejos lo expresan casi literalmente: un reflejo ya sugiere por sí solo una mirada hacia dentro. Con esa luz la persona sale más callada y más auténtica, sin el barniz de las vacaciones, más cerca de quien es de verdad. Ese tono no le va a todo el mundo: hay quien viene buscando la alegría del sol, y es normal. Pero quien sí lo busca se lleva unas fotos poco comunes y muy personales. Parafraseando a Tolstói: todas las fotos felices se parecen unas a otras; cada foto con atmósfera la tiene a su manera.
La pureza del color bajo la lluvia no es un hallazgo moderno. La ciudad mojada, con sus reflejos y su aire lavado, fue un tema predilecto de los impresionistas, que iban a la caza de esos mismos efectos atmosféricos. Camille Pissarro pintó en 1897 una serie entera del bulevar Montmartre, cada vez con un tiempo distinto, y todos los lienzos —el del día de lluvia entre ellos— los hizo desde la ventana de su habitación de hotel, el mismo sitio al que se lleva al cliente cuando rompe a llover. Y Gustave Caillebotte presentó ya en la tercera exposición impresionista «Calle de París, día lluvioso»: allí la lluvia no está pintada con gotas, sino con los reflejos del adoquinado mojado y los paraguas abiertos, los mismos recursos con los que hoy se fotografía la ciudad mojada.
Aquí esa estampa es más fácil de conseguir. Los pintores de París pasaban frío por ella, con una humedad que calaba hasta los huesos; aquí, en cambio, la lluvia es tibia: mojarse apenas da frío, y al final de la sesión es más un motivo para reírse que para castañetear los dientes. La única salvedad es no entrar con la ropa mojada en un local con aire acondicionado: nada más terminar una sesión bajo la lluvia, no conviene pararse a recobrar el aliento en el 7‑Eleven que tanto gusta a los turistas, porque es más fácil resfriarse con el salto de la humedad tropical a una tienda helada que con la propia lluvia.
Técnicamente se pueden hacer fotos con cualquier tiempo
Sobre la lluvia, la mayoría no entiende lo principal: en lo técnico, el tiempo apenas limita al fotógrafo. El verdadero límite está del lado del cliente, en lo dispuesto que esté y en cómo se lo tome; se puede trabajar con casi cualquier lluvia, y a partir de ahí manda el equipo.
Las cámaras y los objetivos de gama profesional aguantan sin más una lluvia considerable: del orden de media hora bajo un aguacero serio, con el parasol puesto y un filtro protector. Si llueve más fuerte, se trabaja a cubierto y a distancia: ahí saca del apuro un buen teleobjetivo de deportes, tipo 100–400, con el que se llega a la persona desde lejos (con ese mismo recurso se resuelven los posados junto a cascadas y en parques acuáticos). Y cuando hay que estar prácticamente en contacto con el agua —pegado a una cascada o metido en ella—, la foto se hace con una carcasa submarina, la caja estanca que protege la cámara.
El único escollo es el equipo. Material profesional no lo tiene cualquier fotógrafo; un buen teleobjetivo de deportes, muy pocos; y una carcasa submarina para la cámara, apenas un puñado. Así que eso de que «se pueden hacer fotos con el agua que sea» no vale para cualquiera: es otro rasgo que distingue a un buen fotógrafo de uno corriente.
Para el equipo, peor que la lluvia es el fino rocío salado que flota en la orilla: corroe la cámara por fuera y por dentro, así que después de cualquier sesión junto al mar conviene pasarle una toalla húmeda. Y un aguacero tropical en toda regla, con viento, es solo una pausa: se espera bajo techo esos mismos diez o quince minutos.
Dónde refugiarse cuando rompe a llover
La mitad de la tranquilidad del cliente es tener un plan B preparado, y bajo techo en Pattaya hay tantas fotos como a cielo abierto. La luz de la ventana de una habitación de hotel ya es de por sí un esquema suave y bonito, y para un retrato muchas veces ni hace falta buscarlo: es la misma luz de hotel con la que los impresionistas pintaban sus bulevares bajo la lluvia. Un café con carácter —una terraza sobre el mar, un patio de diseño— da una foto de lifestyle sin necesidad de cielo abierto. Y en un templo con galerías cubiertas la lluvia ni molesta: la sesión se traslada dentro y sigue con calma.
Y si llueve justo el día de la sesión
Ese es el mayor miedo antes de reservar, y hay que responder con honestidad, sin prometer un sol eterno. Todo empieza por el pronóstico, pero aquí el pronóstico no se toma al pie de la letra: ese «lluvia todo el día» promediado casi siempre significa un chubasco local en algún punto de la ciudad. Las células de tormenta se ven con antelación: un fotógrafo con experiencia las sigue en el radar meteorológico igual que un navegante vigila una turbonada. Si el pronóstico da posibilidad de lluvia, fotógrafo y cliente quedan de antemano en llamarse una hora o una hora y media antes de salir y deciden entonces, según cómo esté el día. Decide siempre el cliente: al fotógrafo la lluvia no le impide trabajar, así que una sesión de retrato, en el peor de los casos, se aplaza una vez.
Con el dinero la cosa es igual de clara. En una sesión pequeña muchas veces ni siquiera hay anticipo, así que tampoco hay nada que perder. En una grande, si la sesión se aplaza de común acuerdo, el depósito pasa sin más a la nueva fecha y no se pierde nada. Una boda o un evento grande no se mueven por el tiempo, porque reorganizarlos es imposible: se fotografían con el cielo que haya, y ahí entra en juego todo lo dicho más arriba.
De paso, la humedad y el calor ya sugieren el vestuario: telas ligeras, de secado rápido, que no se peguen al cuerpo, y colores oscuros y saturados, que con el cielo cubierto quedan especialmente intensos; conviene pensarlo con antelación.
¿Vale la pena venir en temporada de lluvias por las fotos?
Todo se reduce a un solo intercambio. Renuncias a tener el sol asegurado y a cambio te llevas localizaciones sin multitudes, precios de temporada baja, un cielo con textura y una ciudad mojada que en temporada alta sencillamente no existe. Quien acepta ese intercambio sale ganando más veces de las que pierde, y lo comprueba ya en la propia sesión, bajo una lluvia tibia que llevaba semanas temiendo y que de pronto resulta ser lo mejor que le ha pasado a la foto.