¿Vale la pena una sesión de fotos en Pattaya?

Una amiga ha vuelto de una sesión en Jomtien y sale radiante en todas las fotos. Una mujer las va pasando, la asalta el pensamiento de siempre —a ella sí le salió bien, pero yo en las fotos nunca parezco yo— y cierra la galería. Queda una semana de viaje; su marido le propone por segunda vez contratar a un fotógrafo, y ella le da largas mientras hace cuentas mentalmente: ¿vale una carpeta de archivos lo que cuesta?

Solo que aquí esa vara de medir no sirve. Vista desde fuera, es verdad que una sesión de fotos se asemeja a un producto: pagas, recibes las fotos y, cuantas más sean, mejor negocio parece. Pero una sesión es un servicio, no un producto, y se rige por otras reglas: su valor nace del trato directo entre dos personas durante una hora concreta y depende por completo de quién dirija esa hora. Ese valor no cabe en una lista de precios ni se mide por el número de fotos. Un buen fotógrafo lo entiende, y a veces se niega sin rodeos a fotografiar a un cliente que tasa su trabajo como si fueran treinta cocos en el mercado y regatea ante todo por la cantidad.

De esa diferencia sale todo lo demás. Por eso una persona se lleva de la sesión mucho más que una carpeta de archivos: en esa misma hora, mientras la llevan de la mano, va recogiendo sin darse cuenta una decena de pequeñas cosas que después se le quedan. De todo un poco: un poco sobre su propio cuerpo, un poco sobre su cara, un poco sobre cómo la ven desde fuera, un poco de experiencia vivida en común y un poco de la propia Tailandia. A quienes van aplazando la sesión con un no me gusto en las fotos suele hacerles más falta ese poso que las fotos mismas.

Te viste desde fuera

La mayoría llega con la sentencia ya dictada: sé cómo soy, la cámara no va a enseñar nada bueno. Y entonces ocurre lo inesperado. El fotógrafo te ayuda a dejar atrás el momento de mayor rigidez: te sugiere dónde poner las manos, caza el segundo entre dos expresiones torpes, y en la pantalla aparece una cara algo más viva y serena que la que sueles ver en el espejo. Según nuestra experiencia, lo más valioso de todo esto es que acabas mirándote con un poco más de cariño; eso pesa más que cualquier foto nueva. El crítico interior no se calla del todo, pero baja el volumen.

El cuerpo memorizó un par de movimientos

No saldrás de allí siendo modelo. Pero en una hora el cuerpo aprende alguna cosa, y la recuerda mejor que la cabeza. Una postura firme y equilibrada, con el peso bien asentado sobre los pies, transmite seguridad a quien mira; una inestable transmite tensión, aunque la cara esté tranquila. El fotógrafo te coloca en esas posturas y los músculos se las aprenden. La próxima vez que alguien te apunte con el teléfono en un cumpleaños, te darás cuenta de que te has colocado de una forma algo distinta a como lo habrías hecho hace un año.

El salto es un caso aparte. El fotógrafo no dispara al azar: caza el punto más alto, esa fracción de segundo en que el cuerpo ya ha dejado de subir y todavía no ha empezado a caer, y por eso parece ingrávido. Toda la ligereza de un salto de ballet está en ese instante suspendido en lo más alto. Cuando hayas sentido una vez dónde está, saltarás ante la cámara de un modo distinto a como saltabas en clase de educación física en el colegio.

A esto se suma una habilidad sencilla: saber ocuparte en algo delante de la cámara. En una sesión individual el fotógrafo rara vez te deja ahí de pie como un poste: te hace apoyarte en el tronco de un árbol, sentarte en un murete, jugar con el ala del sombrero o con el borde de la falda. Ese pequeño juego con un objeto es lo que da la vida que les falta a las fotos de vacaciones hechas al vuelo, y la costumbre se te queda.

La hora en que de verdad te miraron

A un adulto rara vez lo mira alguien durante una hora entera, con atención y con buenos ojos, pendiente solo de que salga bien. En una sesión sí ocurre, y eso por sí solo resulta inesperadamente reconfortante, sobre todo para quien suele estar al otro lado de la cámara.

De vez en cuando, durante esa hora, notarás sobre ti una mirada extraña: fija, dirigida de lleno a ti y, a la vez, como si te atravesara; el fotógrafo parece mirar a algún punto por detrás de tu hombro. No hay de qué asustarse. En ese segundo desenfoca la vista para valorar las manchas de luz y la suavidad del fondo; es una mirada puramente de trabajo y no tiene nada que ver contigo. Pero la sensación de tener toda la atención puesta en ti no desaparece por eso, y ese calor te lo llevas contigo.

Diste con tu propia imagen

Hacia el final de la sesión, mucha gente pone en palabras por primera vez qué imagen le favorece, algo que antes solo sentía vagamente, y lo hace con detalles muy concretos: el giro de un hombro, la luz lateral, un encuadre hasta la rodilla.

De paso descubres algo poco evidente sobre el maquillaje. El que funciona ante la cámara no busca lo mismo que el de diario: prepara la cara para una luz fuerte, es decir, unifica el tono de la piel, quita los brillos, tapa las ojeras y todo aquello que de cerca no se nota pero en la foto salta a la vista. Con este oficio se consiguen cosas que sorprenden: con buen maquillaje y buena luz, a una abuela de ochenta años se la fotografía de modo que aparente sesenta, y para un fotógrafo con experiencia eso es trabajo de rutina.

Y no es solo cosa de mujeres. Antes de una sesión seria se suele preparar a todo el mundo, hombres incluidos, solo que de otra manera: lo más habitual es un bálsamo labial y unos polvos sueltos translúcidos. Con el calor de Pattaya, a los recién llegados se les secan y se les agrietan los labios por la deshidratación y la aclimatación, y la cara no tarda en brillar; el bálsamo y los polvos corrigen exactamente eso. Cuando hayas visto una vez en qué se diferencia el maquillaje para fotografía del de diario, te prepararás para cualquier sesión futura con más calma y elegirás qué ponerte con más seguridad.

Una aventura vivida juntos

La sesión en sí transcurre como una pequeña aventura y se recuerda aparte de las fotos. El calor, la búsqueda de una buena luz, las carreras de un punto a otro, una lluvia repentina, la pose que se resistió hasta la décima toma y por fin salió: todo eso se vive y se va superando sobre la marcha. Para una pareja, una hora así resulta a menudo más intensa que muchos días tranquilos de vacaciones: el entusiasmo compartido, la torpeza compartida, la pequeña victoria compartida ante la cámara.

Para que la foto cobre vida, el fotógrafo además te pone a interactuar con quien te acompaña: girarse el uno hacia el otro, abrazarse un segundo, caminar charlando en voz baja. En medio de ese juego, forzado al principio, suele colarse algo auténtico: un tono de voz olvidado hace tiempo, un niño que se cuelga de su padre ya sin que nadie se lo pida. Después, en las fotos, te ves desde fuera con los tuyos como un todo, como un nosotros. Ese reflejo del vínculo dura más que el bronceado.

Un poco de Tailandia, aprendida en la práctica

Hay además un poso con el que nadie cuenta. Un buen fotógrafo local conoce los lugares tanto por su luz como por sus costumbres: cómo comportarse junto a un templo, qué significa tal o cual gesto, por qué aquí no se entra con zapatos, cómo ve la gente de la zona una sesión en ese sitio. Te lo va comentando de pasada, y una hora de sesión se convierte en un acercamiento directo y práctico a la cultura tailandesa, de esos que al turista normalmente se le escapan. De todo lo que uno se lleva de Tailandia como experiencia vivida, lo único que se le acerca, si acaso, es probar la comida local. Algunos de esos detalles se te quedan, y en el siguiente templo —o, sin ir más lejos, en el Sanctuary of Truth— entrarás ya un poco como quien es de aquí.

Un hito que marcaste tú

Un adulto no tiene tantos puntos en los que se apoye la memoria. La sociedad los ofrece contados: la graduación, la boda, el nacimiento de un hijo, y entre uno y otro se alargan años sin nada que los señale. Una sesión permite fijar uno de esos puntos por cuenta propia, sin esperar a la ocasión adecuada: basta con decidir que vale la pena detener en el tiempo este viaje, esta edad de los hijos, esta relación tal como es ahora.

Lo sabe bien quien ha pasado por una sesión al menos una vez. Por eso muchas parejas, ya tras la primera, se ponen una norma no escrita: hacerse una sesión, aunque sea pequeña, una vez al año. Sale así una serie de hitos propios, repartidos por un calendario también propio.

Las fotos confirmarán después ese punto de apoyo, pero empieza a serlo antes, en el instante en que decides que el momento merece una hora de dedicación completa de otra persona. Y la carpeta de archivos queda ya como su huella.

Depende de quién esté detrás de la cámara

Nada de esto viene incluido con el pago. Para que quede, en el fotógrafo tiene que darse una combinación poco frecuente. Primero, un conocimiento profundo y de primera mano del oficio: la luz, la pose, el maquillaje, el ritmo, las costumbres locales. Segundo, saber dirigir: colocarte con suavidad, captar el momento, mantener el ritmo y aun así no presionar. Y tercero, olfato para las personas: entender en pocos minutos a quién tiene delante, dar con el trato adecuado y con un lenguaje común. El servicio del que hablábamos al principio se sostiene sobre esa combinación.

Con un fotógrafo indiferente o torpe, la sesión te devolverá una carpeta de archivos y nada más, y a veces también el ligero mal sabor de boca de una tarde perdida. Por eso todo ese poso depende por completo del fotógrafo con el que des. Nuestro directorio de fotógrafos de Pattaya está concebido como un intento de acotar la elección por ti: los hemos revisado como hemos podido, por el rastro público que deja su oficio. La comprobación final —una conversación real por mensajes y una serie completa de su trabajo— sigue siendo cosa tuya, pero ya no tendrás que empezar de cero.