
Una pareja vuelve de la playa con cerca de cuatrocientas fotos del viaje acumuladas en el teléfono, y ahora elige entre dos ofertas para una sesión al atardecer. La primera promete «más de 200 fotos editadas»; la segunda, «unas treinta fotos finales». A simple vista, la primera es más generosa: casi siete veces más por el mismo dinero. Pero ahí la intuición falla, porque el cliente y el fotógrafo no cuentan igual las fotos terminadas. Para el cliente, el número mide la generosidad; para el fotógrafo, la selección, y detrás de una misma cifra puede haber un trabajo completamente distinto. Conviene entender de qué está hecho ese número.
Cuántos disparos hay detrás de una foto terminada
En una hora de sesión de personas, un fotógrafo hace unos 100–200 disparos, y no es un exceso de precaución por si alguna sale mal: el trabajo es así, porque no hay forma de saber de antemano en cuál de las tomas van a coincidir la pose, la luz, el foco y la expresión. Cuántas de esas tomas vale la pena conservar se sabe por experiencia. En una sesión posada y tranquila sirve, en el mejor de los casos, una foto de cada cuatro; en un reportaje, donde el momento no se repite, una de cada siete. Eso marca el suelo del número de disparos: si se hacen menos, no habrá aciertos suficientes y la sesión, sencillamente, no saldrá bien.
A partir de ese suelo la cuenta sube, y cada complicación le suma más o menos la mitad. Para ir con margen, el mínimo se multiplica por uno y medio. Una escena oscura obliga a repetir tomas por si falla el foco o salen movidas: otra vez por uno y medio. Un grupo, donde la foto de conjunto pide que todos coincidan a la vez en la mirada y en la expresión, exige series de tomas hasta que todo cuadre: de nuevo por uno y medio. El movimiento rápido —correr, saltar, un espectáculo de fuego, el pelo ondeando al viento— suma otro tanto.
Esos factores se multiplican entre sí, y en una sesión dinámica y exigente la cuenta deja muy atrás los cien o doscientos disparos habituales. Para entregar treinta buenas fotos de un reportaje nocturno, con poca luz, mucha gente y todo en movimiento, el fotógrafo dispara 30 × 7 × 1,5 × 1,5 × 1,5 × 1,5: alrededor de mil. De ahí sale lo de las «mil fotos»: es el volumen de trabajo del que parte el fotógrafo, no lo que tiene que llegarte a ti al final.
El nivel se ve en cuánto llega al cliente
En cantidad de disparos, los fotógrafos de distinto nivel apenas se diferencian: esos 100–200 por hora los hace cualquiera. La diferencia está en cuántos te llegan y en qué estado. El principiante entrega casi todo tal cual, cien o doscientas fotos, sin seleccionar ni editar, y por eso lo tiene listo en uno o dos días: en el fondo, ahí no hay nada que revisar. Un fotógrafo sólido de nivel medio selecciona y entrega 40–70 fotos por hora con una corrección de color básica. El profesional descarta con más dureza y entrega 30–40, pero cada una revelada a mano desde RAW. Cuanto más alto es el nivel, menor es el número y más trabajo hay detrás de cada foto. Los rangos de tarifas y plazos de cada nivel están reunidos en la página de precios.
Cada foto lleva alrededor de un minuto
El número también tiene un techo, y es más rígido de lo que parece. Para conseguir una foto que sea realmente distinta de la anterior no basta con volver a pulsar el botón. Hay que cambiar el ángulo (acercarse o alejarse, agacharse o levantarse, rodear la escena); cambiar la pose del modelo y hacer unas tomas de prueba; ajustar los parámetros a la iluminación, colocar la fuente de luz y afinarla; llevar la pose a su punto más favorecedor, y solo entonces disparar una serie corta, para asegurar el foco, evitar que salga movida y dar con el mejor instante de la ola que llega o del pelo al viento, y con el momento entre dos parpadeos. Todo eso rara vez lleva menos de un minuto.
De ahí ese techo tan rígido: en una hora salen, como mucho, unas sesenta fotos de verdad distintas, y el resto de los cien o doscientos disparos son tomas de seguridad de escenas ya hechas. Por eso, la promesa de «cientos de fotos distintas en una hora» esconde una de dos cosas, y como fotografía las dos son un fracaso: o una sesión entera en ráfaga, sin parar y sin elegir, o fotogramas sacados de un vídeo. Y si lo que quieres es captar entero un flujo continuo de momentos, es un objetivo legítimo, pero para eso existe el vídeo, un formato aparte con su propio equipo y su propio proceso, y no conviene confundirlo con un encargo de «muchas fotos».
La selección es la mitad del oficio
Si la selección es tan rigurosa es porque el oficio mismo está hecho así. Cualquier trabajo creativo se apoya en dos pilares: primero el autor genera variedad —esos ángulos, poses y momentos por los que se dispara con margen— y después descarta todo lo que no da la talla. El segundo pilar pesa tanto como el primero, y por eso un buen fotógrafo entrega menos fotos que un principiante: a ti solo te llega lo que ha pasado su propio filtro. Saber meterle tijera al trabajo propio se aprende con la experiencia. El principiante lo entrega todo tal cual, y no por generosidad: es que todavía no ha aprendido a distinguir una foto buena de una del montón, y eso se nota enseguida en lo desigual que es la calidad dentro de una misma serie.
Cuánto tiempo cuesta la selección se ve con un ejemplo sencillo. Pongamos que en una hora de sesión han salido ciento cincuenta fotos, medio centenar en cada una de tres localizaciones. Para elegir las mejores de ese medio centenar hay que comparar las fotos de dos en dos, cada una con todas las demás: son del orden de 50 × 50 / 2, unos 1250 pares por localización. Incluso a un segundo por par son ya más de veinte minutos, y con tres localizaciones, algo más de una hora. Es decir, a una hora de sesión le corresponde como mínimo una hora de selección, antes de cualquier edición. Ese trabajo apenas depende de cuántas fotos queden al final: hay que compararlo todo con todo igualmente, y el profesional solo pone el corte más arriba. Por eso «te lo entrego todo tal cual» le ahorra al fotógrafo exactamente esa hora: nadie ha comparado las fotos entre sí.
La selección tiene, además, una dimensión que va más allá del oficio. En épocas anteriores, la unidad del discurso de un autor era la obra aislada: un cuadro, una sola foto. En la posmodernidad pasa a serlo la serie: la autoría se desplaza del acto de disparar al de seleccionar y ordenar la secuencia. El ejemplo canónico es «The Americans», de Robert Frank: ochenta y tres fotos que componen un único discurso de principio a fin. Por eso, para el fotógrafo, la selección y la serie son un mismo trabajo: elegir qué se queda y al lado de qué es lo que lo convierte en autor. El estilo de un maestro maduro no se reconoce en una sola foto vistosa, sino en la serie completa, donde se le ve la mano.
Cuántas fotos usas de verdad
Vale la pena mirar ese mismo número también desde tu lado. ¿Cuántas fotos del viaje acabas usando realmente? Unas pocas van a las redes, una o dos se imprimen o acaban en un marco en casa, y queda un puñado más para volver a verlas de vez en cuando. Hasta un gran archivo familiar vive, en realidad, de una decena de fotos favoritas a las que se vuelve durante años. Una carpeta de doscientas fotos no añade nada a esa decena: solo la esconde entre tomas casi idénticas, y luego toca desenterrar las favoritas. Con su selección rigurosa, el fotógrafo hace ese trabajo por ti de antemano, y lo hace mejor: tiene el ojo entrenado para distinguir una foto de verdad buena de una que simplemente ha salido bien, y la determinación de tirar la que estuvo a punto de salir.
Cuándo un número alto debe ponerte en guardia
Como detrás de treinta fotos entregadas hay cientos de disparos, la frase «te entrego todas las fotos» cambia de sentido. Lo disparado son tomas repetidas, pruebas y fallos, y repasarlo para quedarse con lo que tiene vida es la mitad del trabajo. En boca de un fotógrafo serio, «todas editadas» significa «todo lo que he seleccionado», y eso es la menor parte de lo disparado. En cambio, «todos los originales», «fotos ilimitadas» o «mil fotos» dicen justo lo contrario: la selección no está hecha, y la avalancha tendrás que revisarla tú, ya en casa, con tus propias fotos y sin su ojo.
Un número alto, además, es cómodo de vender. Una cifra se compara enseguida, y el rigor de la selección no se ve en el escaparate; por eso los paquetes turísticos tientan tan a menudo con fórmulas como «100 fotos de regalo» o «todas las fotos incluidas». Eso da menos de lo que promete: en una carpeta grande las buenas fotos no se ven más, se ahogan, y la decena de excelentes se pierde entre doscientas del montón, mientras la impresión general baja hasta la media de toda la carpeta.
Cuándo un solo fotógrafo no basta
Una boda o un gran evento reúne todos esos multiplicadores a la vez —un reportaje que no se puede repetir, la luz tenue del salón, los grupos grandes, el movimiento del baile—, y ahí la cuenta va por miles de disparos y cientos de fotos entregadas; no tiene sentido comparar una carpeta de boda de ochocientas fotos con las treinta de una sesión de pareja de una hora: detrás hay volúmenes de trabajo distintos. Pero no es solo cuestión de multiplicadores: en un gran evento hay tantos sitios y momentos que cubrir que una sola persona, físicamente, no llega a todos.
La solución es sencilla: se añade gente, y en cierto orden. Lo más fácil es sumar un videógrafo al fotógrafo y avisar a los dos de antemano para que se coordinen y no se metan el uno en el encuadre del otro. Si con eso tampoco basta, se contrata a un segundo fotógrafo; entonces es importante dejar claro desde el principio quién es el principal y quién el de apoyo, y qué pesa más en caso de conflicto, la foto o el vídeo, porque si no empezarán a disputarse la posición y la luz. Así se trabaja en las bodas grandes: el fotógrafo principal sigue a los novios y el segundo, a los invitados; el principal cubre el escenario con el DJ y los bailarines, y el segundo, el salón y las reacciones del público. Es más seguro prever desde el principio ese segundo par de manos que encontrarse después con la mitad de los momentos perdidos.
Cómo leer el número en una oferta
Pregunta qué hay detrás de la cifra. ¿«Cincuenta fotos» son cincuenta fotos finales editadas o cincuenta originales seleccionados sin editar? En precio y en trabajo son cosas completamente distintas, y conviene aclarar la diferencia antes de pagar.
«Desde 30» es el límite inferior. Solo dice que no habrá menos; por arriba puede no haber ningún límite. Si te importa que la cantidad sea previsible, pide que te indiquen el rango que cabe esperar para tu tipo de sesión en concreto.
Coteja el número con la edición y el plazo. Treinta fotos con retoque de verdad son horas delante del monitor; trescientas con esa misma calidad son ya semanas, y esas semanas, sencillamente, no entran en el precio de una sesión de una hora. Un número alto y una edición profunda de cada foto por un precio normal casi nunca van juntos, así que aprovecha para preguntar por el tipo de edición, el número de rondas de correcciones y el plazo de entrega. El desglose completo de lo que incluye un paquete está en la guía de precios.
Pregunta por qué ese número y no otro. No solo «cuántas fotos me vas a entregar», sino también «por qué esa cantidad»: en la respuesta del fotógrafo se ve si considera la selección parte de su trabajo.